Ergo sum lux mundi

– Pandemia y cientificismo –

« Y hablóles de Jesús otra vez, diciendo: Yo soy la luz del mundo: el que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida.» (Juan, 8, 12)

El cientificismo o fundamentalismo científico apuesta toda su fe y esperanza por que la ciencia natural y física, aquella supuesta sublime dimensión cognitiva de la verdad y el logos, de axiomas y de leyes universales e inalterables, será quien nos salve del Covid-19 con el desarrollo de una vacuna o remedio que hasta ahora es más un fantasma que una realidad física concreta. Sus seguidores y practicantes confiamos arduamente que sólo es cuestión de tiempo y que después de una serie de experimentos aplicados por científicos del todo el mundo, cuasi enviados de dios, a la larga encontrarán la solución al rompecabezas y descubrirán como nuestro sistema inmune puede contrarrestar al nuevo habitante del planeta que tantas muertes humanas ha provocado ya.

Pero ¿No se supone que la ciencia – la que nunca falla – tendría que tener ya una solución para enfrentar al Covid-19? ¿Por qué esperar ” n” números de experimentos si se supone que la ciencia es portadora de la verdad y de los fundamentos del mundo y la vida? ¿qué espera, qué está buscando en el virus? ¿Acaso el covid-19 es de otra dimensión? ¿dónde está esa ciencia, sabe lo todo, ahora? ¿tenemos una idea equivocada de su concepto? o ¿ Será que ella y dios nos han abandonado? Es un hecho, que la ciencia, pese a quien le pese, no es un baúl con leyes universales en su interior esperando a ser utilizadas como recetas para controlar el mundo a voluntad de quien tenga la llave mágica del conocimiento. Si fuera así, a excepción de una ambiciosa ética económica por parte de los dirigentes científicos por esconder en estos momentos un remedio, alguien ya habría abierto el baúl y tendríamos hoy a nuestra disposición el como contra atacar el coronavirus. Pues los tan aclamados saberes precisos, absolutos e inalterables de la ciencia, que son más confiables – según sus fanáticos- que los saberes sociales, artísticos, teológicos, místicos o espirituales, etc. ya habrían sino destruido, debilitado al virulento huésped.

Pero, la realidad es otra. Hasta ahora, la gran ciencia no ha podido combatir con eficacia al pequeño ser devastador. Han sido otras ramas del conocimiento humano (no consideras como ciencias por algunos fundamentalistas), como lo social, político, psicológico, artístico que han dado en cierta medida resultados dentro de la contingencia. Ni las leyes ni teoremas “universales” de la ciencia han funcionado, como se pensaba, más allá de la recuperación incierta de los pacientes en hospitales, para lograr desarrollar una solución inmediata y práctica en contra de la pandemia que nos está matando. Pues al igual que la mayoría de los terrestres comunes y corrientes, la ciencia está perdida en la incertidumbre. Sólo tiene cifras y no tiene una idea precisa de lo inminente y mucho menos del futuro lejano de una situación no programada ni controlada en laboratorio como lo es la presencia del covid-19 en el mundo. Pero la ciencia no se rinde y aunque ignora que sucederá, no por ello evita pregonar, como algunas religiones, esperanzas para sus creyentes.
          Desde pequeños se nos enseñó dogmáticamente que la ciencia era la luz que aclaraba el panorama. Debíamos dejar de escuchar a dios, a todas las religiones, y escuchar lo científico por su eficacia. Obedeciendo el nuevo credo ( portador de estatus en el mundo moderno) , el caos desaparecería. Y en efecto, saber algunas cosas científicas, ayudaba a realizar cosas concretas en el cotidiano; además de la evidencia de la efectividad científica otorgada por los grandes avances tecnológicos. Era difícil, entonces, renegar de su poder. Pero, con la pandemia que ahora sufrimos y otros muchos casos similares, la ciencia más que generadora de luz parece no encontrar el interruptor de la habitación y tener que tentar en la obscuridad, con el fulgor de sus limitados conocimientos del universo, esperanzada religiosamente a encontrar algo para salir lo mejor librada de la situación. E igual que con los dioses, sus resultados vendrán con el tiempo.
          Los devotos científicos, argumentan que las variantes de los fenómenos no son consideradas por las leyes universales y que por ello, ante cualquier cambio, la ley no se aplica directametne. Sin embargo, estas palabras son una artimaña donde hay una auto posición arbitraria del valor de la ley científica como autoridad cognitiva y regidora de todo comportamiento existente en el mundo y si algo no coincide con ella no es vulnerabilidad de la ley, sino una variante del comportamiento. Y esto tiene más tinte de fanatismo que de ciencia. No es sorpresa. A los fundamentalistas científicos le cuesta aceptar la angustia y aceptar que su saber tiene límites. Hoy están tan seguros de hallar la vacuna para el Covid – 19, pero como sucede con el VIH es posible que no la encuentren. No obstante, no exponen a la humanidad la posibilidad de no encontrar pronto o nunca un remedio. Al contrario, se dan esperanzas maquilladas de avances que ayudan a mantener la calma y sobre todo la credibilidad de quienes hablan en nombre de la ciencia.

Estos fundamentalistas regularmente son divulgadores de ciencia, políticos, intelectuales, académicos o gente común. Los que de verdad investigan, no siguen una ciencia como dogma, la ciencia nace en su propia investigación. Como otras tareas humanas la ciencia también busca con vehemencia ampliar la realidad, crearla, re-crearla hasta hacerla parte de algún rincón dentro la complejidad de los intereses humanos que van variando con las circunstancias, las posibilidades y los deseos. Es imposible ser dueño de la ciencia, nadie la posee. La ciencia no es sólo una convención, no es un ser concreto y de forma definida, es una actitud, un acontecimiento ya sea efímero o prolongado, ante el mundo compartida con los otros que requiere de creatividad y de ímpetu hacia la trascendencia, aunque esta sea inalcanzable. Una ciencia que lo sepa todo y no sea parte de lo desconocido de la vida, no es más que un paliativo ante la basta incertidumbre que despide la existencia. Pues la ciencia no afirma premoniciones, expone posibilidades en un mundo asombrosamente obscuro.

Ergo sum lux mundi